Rousseau, la voluntad general y el pueblo

Recomiendo para este artículo una lectura previa: Reflexiones sobre el populismo. Acerca de los contenidos ónticos y la política progresista.

Hace unas semanas terminé de leer El contrato social de Jean-Jacques Rousseau. Estábamos dando en Filosofía práctica una serie de autores, los “contractualistas” (en concreto, Hobbes, Locke y el mismo Rousseau), y mientras que los dos primeros no me suscitaron ni me incitaron a reflexionar excesivamente en sus obras, ni a leer por entero los libros correspondientes de los dos ingleses (El Leviatán para uno, y el Ensayo sobre el gobierno civil para el otro), en el de Rousseau encontré algo que me llamó la atención, un concepto que trata asiduamente en su contrato: el de voluntad general.

Si no recuerdo mal, en un Fort Apache titulado “Podemos y el populismo”, Manolo Monereo comparaba (lo reitero, si no recuerdo mal) al momento del particular-universal populista con la voluntad general rousseauniana.  Si Monereo tal vez hizo la comparación en otro programa, o ni siquiera la hizo, la introduzco de todas formas para contrastarla, pues son elementos que fácilmente se pueden vincular, pero que tras análisis, es algo complicado de sostener. Me dispongo a hacer, por tanto, un análisis y crítica del concepto de voluntad general y cómo se presenta en Rousseau, e intentaré contraponerlo, progresivamente, a la noción populista de pueblo. Empecemos.

Si bien en el Libro Primero ya pueden encontrarse algunas menciones a la voluntad general y al soberano, me centraré principalmente en el Libro Segundo. En el Primer Capítulo del Libro Segundo (La soberanía es inalieanble) encontramos la relación de la voluntad general con la génesis del Estado (expuestos los motivos que llevan a instituir a aquel en el Libro Primero):

[…] es que la voluntad general puede dirigir por sí sola las fuerzas del Estado, de acuerdo con la finalidad de su institución, que es el bien común: porque si la oposición de los intereses particulares ha hecho necesario el establecimiento de las sociedades, el acuerdo de estos mismos intereses es lo que lo ha hecho posible. Es lo que hay de común en estos diferentes intereses lo que forma el vínculo social. […] Ahora bien, sólo en función de ese interés común debe ser gobernada la sociedad. (Rousseau, 25)

Es decir, los intereses particulares (punto que, adelanto, será conflictivo entre la concepción populista del asunto y la de Rousseau) se vinculan para formar una sociedad, de la que nace la voluntad general. Y esta voluntad general dirige a las particularidades a una búsqueda del “bien común”, que bien podríamos interpretar como la plenitud ausente, o como “libertad / igualdad”, que concretaremos después. Cabría preguntarse: ¿pero no es esto, pues, compatible con el populismo?, ¿no busca la lógica populista el crear un pueblo, con una lógica de equivalencias que vincule a las diferencias (particularidades) en un proyecto universal? Sí, pero Rousseau no sigue por este sendero. Y en todo caso, se refiere a la creación Estado, momento en el que se unen las particularidades; a posteriori, como vamos a ver, toda particularidad debe quedar subyugada a la voluntad general.

En efecto, si bien no es imposible que una voluntad particular coincida en algún punto con la voluntad general, sí lo es, al menos, que esta coincidencia sea duradera y constante, porque la voluntad particular tiende por su naturaleza a las preferencias, y la voluntad general a la igualdad. (Rousseau, 25)

Aquí ya se atisba la problemática: los ciudadanos tienen sus intereses particulares, pero éstos deben quedar subsumidos en la voluntad general, deben coincidir con ella. Pero, ¿qué voluntad general?, y más importante aún, ¿voluntad de quién? Rousseau concibe el conflicto como algo inherente a la sociedad (y al estado de naturaleza), pero pretende que éste se reconcilie en un proyecto y una voluntad que debiera velar por los intereses de todos, anulando las particularidades. Poco democrático es esto que propone Rousseau, es decir, acabar con el conflicto reprimiendo las voluntades particulares. Tal y como dice Laclau en La razón populista: “la democracia sólo puede fundamentarse en la existencia de un sujeto democrático, cuya emergencia depende de la articulación vertical entre demandas equivalenciales” (Laclau, 215).

Impidiendo el ascenso de voluntades particulares como universales, como hegemónicas, se impide y se bloquea la posibilidad de la democracia. Más que acercarse a la idea de universal, de un particular hegemónico, la voluntad general de Rousseau se acerca más a la noción de consenso en una democracia liberal o en alguna sociedad que se pretenda, desde el poder, postpolítica.

El Tercer Capítulo, titulado Sobre si la voluntad general puede errar (título muy pertinente el artículo), empieza tal que así:

Se sigue de todo lo que precede que la voluntad general es siempre recta y tiende a la utilidad pública, pero no que las deliberaciones del pueblo tengan siempre la misma rectitud. Se quiere siempre el bien, pero no siempre se sabe dónde está. Nunca se corrompe al pueblo, pero frecuentemente se le engaña, y solamente entonces es cuando parece querer lo malo. (Rousseau, 28)

Así que la voluntad gene… bueno, antes de continuar, ¿no debiéramos definir el concepto? Se supone que debía hacer un análisis de la voluntad general, y sin embargo, no he expuesto todavía a qué se refiere el ginebrino con esto. Lo cierto es que en el Contrato social Rousseau no da una explicación clara de lo que significa con “voluntad general”, y parece darse por supuesta desde que lo introduce. Sin embargo encontramos esto en el Sexto Artículo de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1789):

La ley es expresión de la voluntad de la comunidad. Todos los ciudadanos tienen derecho a colaborar en su formación, sea personalmente, sea por medio de sus representantes. Debe ser igual para todos, sea para proteger o para castigar. Siendo todos los ciudadanos iguales ante ella, todos son igualmente elegibles para todos los honores, colocaciones y empleos, conforme a sus distintas capacidades, sin ninguna otra distinción que la creada por sus virtudes y conocimientos.

La voluntad general vendría a materializarse en la ley, y por tanto, se constituiría en ésta. Pero, vinculándolo a lo que dice Rousseau en el Contrato (“[…] el acuerdo de estos mismos intereses es lo que lo ha hecho posible. Es lo que hay de común en estos diferentes intereses lo que forma el vínculo social.”), voluntad general sería, pues, la unión de los intereses particulares de la sociedad bajo un proyecto común, el Estado, que 1. se materializa y ejerce con la ley, 2. que busca el “bien común”, esto es, “la libertad y la igualdad” (“Si se investiga en qué consiste precisamente el mayor bien de todos o sea el fin que debe perseguir todo sistema de legislación, se descubrirá que él se reduce a los objetos principales: la libertad y la igualdad.” (Rousseau, 51)) de los ciudadanos y 3. y que se antepone a los previos y constituyentes intereses particulares. Por ahora, esta definición servirá. No entraré en los términos de libertadigualdad, y como ya hice arriba, dejo el interrogante leninista para que reflexionen ustedes: ¿para quién?

Arriba ya he expuesto brevemente algunas críticas al concepto de voluntad general, así que no creo sea preciso hacer una crítica definitiva, tal vez general, a la definición que he dado (crítica que, de todas formas, se va a ir desarrollando). Vuelvo a la cita que he dejado arriba. “[…] Nunca se corrompe al pueblo, pero frecuentemente se le engaña, y solamente entonces es cuando parece querer lo malo.”, ante esto, atañe algo que dice Rousseau en el Primer Capítulo: “No quiere esto decir que las órdenes de los jefes no puedan pasar por voluntades generales si el soberano, libre para oponerse, no lo hace. En un caso así, del silencio universal se debe suponer el consentimiento del pueblo.” (Rousseau, 26). Según Rousseau, pues, un jefe (que supongo podría ser sinónimo de líder o de voluntad particular) puede “engañar al pueblo” si éste mismo (ya que es el soberano, más los gobernantes, que forman la voluntad general en el Estado) no se opone… si el pueblo puede ser engañado, ¿no será entonces que no existe tal voluntad general, tal entidad metafísica por encima de las particularidades y de los antagonismos?

Voy a citar lo que queda de capítulo porque creo es fundamental para entender las diferencias entre el pueblo que concibe el populismo y la voluntad general:

Hay con frecuencia bastante diferencia entre la voluntad de todos y la voluntad general; ésta no tiene en cuenta sino el interés común; la otra busca el interés privado y no es sino una suma de voluntades particulares. Pero quitad de estas mismas voluntades el más y el menos, que se destruyen mutuamente*, y queda como suma de la diferencia de la voluntad general. (Rousseau, 28)

Interesante. La voluntad de todos es una suma de voluntades particulares, que tiene un interés privado. De primeras pudiera parecer que Rousseau tiene el análisis más democrático, pues si el interés privado es el que rigiera la sociedad, significaría que podríamos tener una sociedad donde, como hoy, la burguesía acapare el poder y explote al resto de la población. Pero, ¿no es justamente el pueblo que se constituye mediante demandas en una cadena equivalencial, un interés privado (que acaba siendo hegemónico) que pretende subvertir la voluntad general, ese consenso existente, y establecer un orden nuevo? Y no digo que pretende establecer una voluntad general nueva, porque como ya hemos mencionado, para que haya democracia, debe haber posibilidad de emergencia de sujetos democráticos, de pueblos nuevos (Laclau).

En la cita he puesto un asterisco. Es una nota de Rousseau que reproduzco aquí:

«Cada interés -dice el marqués de A.- tiene principios diferentes. El acuerdo entre dos interés particulares se constituye por oposición a un tercero.» Hubiera podido añadir que la concordancia de todos los intereses se realiza en oposición al interés de cada uno. Si no hubiese intereses diferentes, apenas notaríamos la presencia del interés común, que jamás hallaría obstáculos; todo funcionaría por sí mismo y la política dejaría de ser un arte. (Rousseau, 29)

Bien, como vemos, el conflicto se concibe como algo necesario, pues es la contradicción y oposición entre intereses (particulares) lo que permite el que haya un interés común, y el que haya política, el “arte de la política”. Y es muy pertinente para nuestra época, con ese intento del poder de arrinconar a lo político e intentar instaurar sociedades, justamente, postpolíticas. Tal y como dice el ginebrino: “[…] que jamás hallaría obstáculos; todo funcionaría por sí mismo…”, o lo que es lo mismo: sin conflicto, sin oposición, sin antagonismos, se llega a la administración, pero como sabemos, dicha sociedad donde todo está regulado y donde no existen las contradicciones, es inexistente hoy e imposible a larga duración (por mencionar a Laclau cuando trata, en La razón populista, las diversas lógicas, diferencial y equivalencial, y la sociedad del estado de bienestar).

Pero es curioso para nuestra crítica a la noción de voluntad general lo que le “añade” Rousseau al marqués de Argenson. Mientras el primero afirma que dos intereses particulares se unen por oposición a un tercero, cosa que no se distanciaría demasiado de la concepción populista de la frontera entre el “ellos” y el “nosotros”, y las cadenas entre demandas, Rousseau añade que “la concordancia de todos los intereses se realiza en oposición al interés de cada uno“. Como ya hemos ido viendo durante este artículo, se refiere Rousseau, obviamente, a los intereses particulares, a las “asociaciones” que se forman alejadas de la voluntad general. Vamos a ver por qué.

Sigue Rousseau:

Si cuando el pueblo, suficientemente informado, delibera, no mantuviesen los ciudadanos ninguna comunicación entre sí, del gran número de las pequeñas diferencias resultaría al voluntad general, y la deliberación sería siempre buena. Pero cuando se desarrollan intrigas y se forman asociaciones parciales a expensas de la asociación general, la voluntad de cada una de estas asociaciones se convierte en general, con relación a sus miembros, y en particular, con relación al Estado; se puede decir entonces que ya no hay tantos votantes como hombres, sino como asociaciones. Las diferencias se reducen y dan un resultado menos general. Finalmente, cuando una de estas asociaciones es tan grande que prevalece sobre todas las demás, el resultado no será una suma de pequeñas diferencias, sino una diferencia única; entonces no hay ya voluntad general, y la opinión que domina no es sino una opinión particular. (Rouseau, 29)

“[…] Finalmente, cuando una de estas asociaciones es tan grande que prevalece sobre todas las demás, el resultado no será una suma de pequeñas diferencias, sino una diferencia única; entonces no hay ya voluntad general, y la opinión que domina no es sino una opinión particular.”, y es que de eso se trata la hegemonía, de que un particular convierta su discurso en universal, en representante entero de la sociedad; en que un plebs se convierta en populus, un sector que se transforma en el conjunto de la ciudadanía por portar un proyecto que se hace, como dije, hegemónico. En esto debiera basarse la democracia, en la posibilidad de que la parte sin parte pueda emerger e imponer su proyecto sobre poderes no democráticos. El pueblo no puede ser una voluntad general porque como vimos, esto puede acabar bloqueando la democracia; y ni siquiera hoy la burguesía representa una voluntad general, porque aunque haya consensos y el Parlamento siga siendo el Consejo de administración que rige los intereses colectivos de la clase burguesa”, existe la posibilidad de oposición y lucha entre los particulares, no hay un proyecto político único y compartido por todas las clases y grupos sociales de manera incondicional, y el conflicto surge por las propias dinámicas del capitalismo (no de manera ahistórica sino por el surgimiento de demandas y los diversos embistes sociales y políticos).

Rousseau termina el capítulo retomando la idea de la univocidad de la sociedad:

Es importante, pues, para la formulación de la voluntad general que no haya ninguna sociedad parcial en el Estado y que cada ciudadano opine exclusivamente según su propio entender; esa fue la única y sublime institución del gran Licurgo. Si existen sociedades parciales, es preciso multiplicar el número de ellas y evitar la desigualdad como hicieron Solón, Numa y Servio.

Estas precauciones son las únicas adecuadas para que la voluntad general se manifieste siempre y para que el pueblo no se equivoque nunca. (Rouseau, 29)

Se ha ido viendo que ambas nociones son bastante dispares en tanto que formas políticas, y me atrevería a decir incluso que Rousseau se contradice, porque si en general afirma que en el Estado no debe haber facciones que frustren el camino de la voluntad general, en la nota del marqués de Argenson acepta que deben haber intereses particulares opuestos, por ende, conflicto.  Rousseau suele ser asociado a términos como democracia radical por la primacía que le otorga a la elección directa, y todos los elementos como la revocabilidad de cargos o el ahínco que pone en el hecho de la posible separación entre representantes y representados. Se observan, pero, ciertos elementos que, o bien por la época, o bien por los modelos que tiene el propio Rousseau (las polis griegas y la República de Roma), no podrían ser hoy verdaderamente democráticos.

Bibliografía:

  • ROUSSEAU, Jean-Jacques. El contrato social. Trad. Editorial Tecnos. Barcelona: Altaya, 1993.  Impreso.
  • LACLAU, Ernesto. La razón populista. Trad: Soledad Laclau. Buenos Aires: Fondo de cultura económica, 2005. Impreso
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