Un taller en Damasco

Estoy vivo, y si se puede poner
esto en duda, es por la atávica
presencia de la muerte en mi
habitación, cada mañana, a las 9.

Tal vez en aquella época en la que
aparte de debates de la palabra
y la pluma se dieron también debates
con la espada, en esa dialéctica de
“los puños y las pistolas”, en la era
en la que la cruz de Jesús invadió
la tierra que lo vio nacer, tal vez,
había un joven en aquella imponente
ciudad de Damasco, pensando,
mientras descansaba en el lecho,
en el futuro, en guerras venideras,
en tierras desconocidas, ¿en mí?

Mientras el muftí alecciona a su aprendiz,
mientras la voz del almuédano retuerce
el minarete y cada piedra de la mezquita,
mientras las murallas de la ciudad
son acariciadas por el fuego del sol,
quemando las viejas puertas
tal y como se quemaba la piel de…
no importa.

El joven trabaja ahora en la herrería de su tío,
entre metales, chispas y cicatrices y heridas,
ahora no visibles, pero ya grabadas en lo que
fabrica con sus aun vírgenes manos.

Y una vez termina, una vez realizada la oración
de la noche, de nuevo en su lecho, su conciencia
se une con la mía, en un viaje cósmico, sideral,
trascendental y borgiano.

Ahora yo estoy allí, siendo absorbido por la brisa
de los desiertos, siendo velado por las ingentes
estrellas que se acuestan sobre la exótica urbe.
El joven, viviendo en los libros (único lugar en
el que vive el pasado y los ya fallecidos),
puede ver lo que ven mis ojos, lo que claman mis
lágrimas, lo que ahuyentan mis miedos.

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